Cuando los perros decidieron que viviría

En una sofocante noche de mayo de 1996, Calcuta escondía uno de esos gestos silenciosos que hacen temblar la idea que tenemos del mundo. Una recién nacida había sido abandonada dentro de un contenedor de basura, a la orilla de una carretera. Nadie la escuchaba, excepto tres perros callejeros, delgados y sin nombre, que vagaban por el barrio de Hartokibagan.

Los animales se guiaron por su instinto. Saltaron dentro del contenedor, la tomaron con cuidado y la depositaron sobre un trozo de tela. Durante cuarenta y ocho horas se convirtieron en su guardia. La lamían para mantenerla despierta, le prestaban su calor con el cuerpo y gruñían con fiereza a cualquiera que intentara acercarse demasiado.
Los vecinos, intrigados por los ladridos, encontraron la escena y avisaron a la policía. Los rescatistas llegaron pronto y se toparon con una imagen inolvidable: tres perros famélicos cuidando a la vida más frágil de la ciudad.
La niña fue conducida a un refugio y ellos la siguieron hasta la comisaría, como asegurándose de que su misión no quedara inconclusa. Solo cuando comprobaron que estaría a salvo, se retiraron.
La prensa local recogió la historia. Nunca se supo qué ocurrió con los tres héroes anónimos. Pero aquella noche quedó inscrita en la memoria de Calcuta: antes de que el mundo supiera que la bebé necesitaba ser salvada, tres perros callejeros ya habían decidido que viviría.

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